El arte de vivir la tristeza.


En el transcurso de nuestras vidas todos tomamos decisiones, esto es vital para nuestro aprendizaje y

desarrollo mental, y para ir afinando nuestras capacidades de adaptación y supervivencia. Ya sabemos que crecer, madurar y desarrollarnos como personas conlleva una toma de decisiones en nuestro día a día. Y cuando hacemos nuestras elecciones, tal vez tengamos que dejar atrás situaciones y personas que de alguna manera son importantes para nosotros, tal vez sufrimos la ausencia de seres queridos, ya sea familiares o un animal al cual estábamos unidos, una ruptura sentimental o un despido, por ejemplo. También podemos sufrir y experimentar tristeza cuando lo que se pierde es la idea que una persona tiene de sí misma o de los demás, ya sea por humillaciones, derrotas o decepciones. Lo que erróneamente consideramos pérdidas ( sean inevitables o elegidas) nos causan dolor psíquico, y este dolor hay que vivirlo a través del duelo para poder trascenderlo y sanar la herida.



Vivimos en una cultura del bienestar, una idea inducida por la publicidad, nos venden la falsa ilusión de felicidad y placer inmediato, y todo lo que sea contrario a esta manera ilusoria de vivir debe ser desterrada , a tal extremo que incluso hemos terminado por llamar negativas a todas las emociones donde no se experimente placer. Saber estar triste, paradójicamente nos protege de la depresión, esto es así porque la tristeza es un signo de alerta, es un corta fuegos, la tristeza nos viene a dar una importante información como que, estar triste es aceptar que las cosas no siempre salen como uno desea, ni uno puede estar en todo momento alegre o esperanzado.

Se huye de la tristeza y de quienes estén tristes, pues nos han inculcado la falsa creencia que en nuestra sociedad más o menos avanzada, con ciertas comodidades, y teniendo “de todo”, no hay motivos para sufrir. Los medios nos bombardean con las sensaciones placenteras, hemos de ser atractivos, exitosos, amados, divertidos, alegres y "siempre" felices; pero ser feliz siempre es sencillamente imposible para cualquiera, y tratar de lograrlo constantemente es insano, no somos maquinas con un programa inalterable de tareas, la complejidad en el funcionamiento de nuestro cerebro radica en la infinita y maravillosa gama de cambios y combinaciones que puede generar. No

podemos repetir una y otra vez una emoción y vivirla un día tras otro y sin descanso, eso es imposible,


La tristeza como toda emoción cumple una función necesaria. La tristeza reduce la actividad, y

también disminuye la atención en el mundo externo para focalizarla en el mundo interno. Esto nos provee de un tiempo que tal vez no nos tomaríamos para el auto-examen, la reflexión y el análisis, necesarios tras una situación dolorosa. Además, este tiempo de "descanso" facilitará la restauración de energía después de épocas de mucho desgaste.

Otra de sus funciones es procurarnos la ayuda de los demás, por medio de la empatía y la atención que se despierta en ellos, o el apaciguamiento de las reacciones de agresión, que se reducen al ver a la persona triste. Desde que somos pequeños nos invalidan la emoción de la tristeza, cada vez que nos pasa algo se nos dice “venga, que no pasa nada”, o el clásico “los niños buenos no lloran”. Claro que es conveniente enseñar a no dramatizar a los niños cuando se dan un golpe, pero es que a veces, realmente se hacen daño, y en ese momento hemos de validar su pena o su llanto. Igualmente ocurre cuando vamos creciendo y nos enfrentamos a distintos grados de tristeza, como un suspenso, el primer corazón roto en la adolescencia, perder al abuelo… A menudo los padres tratan de demostrar a sus hijos que la vida sigue igual, que el dolor no les debe parar, y es también a través de su propio ejemplo como de nuevo se enseña a invalidar esta emoción. Cuando esos niños sean mayores muchos se unirán al club de los adultos con problemas depresivos que no se explican cómo pueden ser tan débiles, si lo tienen todo.


Cuando no nos dejamos vivir la tristeza, pueden aparecer somatizaciones como problemas estomacales o dermatológicos, caída del cabello, defensas bajas, trastornos ansiosos o, en muchos casos, depresivos. Lo curioso de estos trastornos depresivos es que a menudo surgen a largo plazo, cuando la persona ya no cree que puedan deberse al momento pasado de pérdida, y es entonces cuando se observan en consulta pacientes rotos de dolor, con una sonrisa fingida en el rostro y repitiendo frases aprendidas del tipo “no tengo derecho a quejarme”, “no puedo estar triste con todo lo que tengo”, “no entiendo por qué estoy así, si yo pensaba que era fuerte”.

Porque esta es la idea que aún transmitimos hoy, a amigos, a familiares y a nuestros niños: que fuerte es el que no manifiesta la tristeza y débil el que sucumbe a ella.

Abracemos con honestidad a nuestra emoción la tristeza, dejemos de seguir alienados con los falsos mensajes de esta sociedad que rinde culto al placer superficial, y si la tristeza llega a nuestra vida,

"Vivamosla" como un acto de verdadera valentía.



" No puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que anide en tu cabellera"

Proverbio Chino.

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